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Las artes marciales clásicas japonesas en Occidente: problemas de transmisión

Escrito por Dave Lowry

Traducido por Francisco Casas

 

Es, casi innegable, un aspecto fundamental de la personalidad americana, el ser mas o menos constante en la búsqueda de algo mejor. Parecemos tener un deseo casi genético por lo diferente, por aquello que se salga de lo común. Para expresarlo de una manera menos caritativa, quizás, nos aburrimos con facilidad.

A una luz mas idealista, debemos de ser conscientes de que una inquietud cultural tal, desencadeno nuestro ‘Destino Manifiesto’, comenzando por la llegada de los puritanos a la Bahía de Massachussets y, mas recientemente, con la llegada del hombre a la luna. La nuestra es una perspectiva de la vida que ha influido en el comportamiento de los americanos en asuntos tan importantes como la forma en la que comenzamos y continuamos construyendo nuestra nación, o en otros comparativamente menores como los tipos de disciplinas marciales japonesas que nos han interesado a lo largo de los años. La hierba, dicho sea simplemente, siempre ha sido mas verde al otro lado de la colina.

En el caso de dichas artes marciales en EEUU, si rastreamos su presencia lo bastante atrás en el tiempo, podemos observar que el problema ha sido que no han habido las suficientes colinas, verdes o no, a nuestro alrededor. En los 50, el judo era extremadamente exótico. Fuera de algunos enclaves japones-americanos, era poco conocido, y aún menos practicado y enseñado. E incluso en tales comunidades étnicas, el karate era tan poco común que cuando se hizo una demostración pública en Hawaii en 1927, el evento ocasionó la aparición de un artículo en el periódico de Honolulu.

En una década, todo cambio. En los 60, el karate se había vuelto común. Alrededor de finales de la segunda mitad de la década la mayor parte de las ciudades tenían varios dojos, ‘estudios’ o YMCAs que ofrecían entrenamiento en dicho arte. En los 70, las verdes praderas disponibles para pastar de las artes marciales se habían vuelto aun mas numerosas y variadas. Se añadió el Kung-fu al igual que varias otras artes marciales de diversas partes de Asia. La mayor parte de ellas resultaban mas atractivas (debido a ser mas «novedosas» o mas exóticas, principalmente) alternativas al karate o al judo, que se habían vuelto, por aquel entonces, prosaicas.

Para encajar con los apetitos pastoriles del publico interesado, no hubo falta de artes que fueron mas o menos elaboradas, como por ejemplo, el «ninjutsu», creadas a partir del folklore o de ambiciosas ficciones. En los 80, esta tendencia continuó, y los entusiastas de las artes marciales se encontraron con un buffet de silat, muay thai, savate, y tantas otras disciplinas.

¿La moda del Bujutsu?

A la luz de toda esta búsqueda por algo nuevo, por no mencionar los instintos empresariales que la alimentan, es poco sorprendente que la década de los noventa encontrara su atención dirigida a otro fértil campo de artes marciales. Los 90 dieron paso a la apertura de nuevos pastos con el bujutsu, las técnicas marciales clásicas del periodo feudal de Japón (1400 al 1867 aprox.)

El bujutsu, también conocido como koryu (literalmente, «viejas» o «antiguas tradiciones») ofrecen muchos atractivos a los entusiastas en búsqueda de pastos mas frondosos. Entre las razones obvias por las que los occidentales del siglo 20 pueden verse atraídos a artes que fueron destinadas a la casta guerrera japonesa, estarían:

Venerabilidad. A pesar de nuestro apetito moderno por todo lo que es nuevo o esta en boga, un considerable número de nosotros siente respeto por los meritos de la antigüedad. Cualquier cosa tan antigua como un koryu, siguiendo este razonamiento, debe tener algún valor.

Romanticismo. El cine y la literatura populares han idealizado la «esgrima samurai» hasta niveles mejor descritos como «de capa y espada». El mismo samurai, un guerrero vestido con finas sedas que practicaba la poesía y la ceremonia del te, con una vida de sangre y belleza; estas son imágenes que resultan tremendamente atrayentes para muchas personas. Basta con observar la popularidad de grupos que «recrean» la cultura medieval y que escenifican batallas fingidas, justas y demás. Si se le añade el supuesto misticismo de «oriente», se puede ver cuanto pueden llegar a fascinar artes como el bujutsu. Una falta de información contrastable que coloque estas artes en un contexto histórico realista ha dejado un agujero que los románticos han sido libres de llenar con sus propias nociones de caballería, gestas, y demás.

Elitismo. Lo poco común de un koryu supone una atracción para muchos de aquellos individuos que disfrutan destacándose de la mayoría, o al menos que aprecian no seguirla ciegamente. Pueden haber tres o cuatro «cinturones negros de karate» de media en cada manzana de la mayoría de las ciudades de EEUU, pero ¿cuantos «maestro espadachines» o «samurais modernos» se pueden encontrar?

Eficacia. Teniendo en cuenta que estas artes han sido probadas en el campo de batalla, se asume que un koryu contiene muchos «secretos» o técnicas particularmente letales que lo harían más efectivo en un situación moderna de autodefensa.

Integridad. Cualquiera involucrado aunque sea de manera tangencial con una organización típica de aikido, judo, karate o algún otro arte marcial se ha visto expuesto a mentiras, avaricia, e incompetencia gestora de un nivel realmente enorme. Los koryu se perciben (incorrectamente) como entes por encima de las luchas organizativas, la preocupación por el rango, y la infinita búsqueda por el poder y el dinero que parecen comprometer e infectar la filosofía y objetivos de las formas de budo mas populares y modernas.

Estos, generalmente, son los puntos de vista que los entusiastas occidentales que se han documentado tienen del bujutsu clásico (y la literatura esta entre las pocas fuentes remotamente fiables de las cuales pueden obtener información, habida cuenta de la escasez de practicantes de koryu con experiencia que no sean japoneses). Muy resumidamente, el koryu bujutsu puede ser definido de manera más objetiva como aquellas formas de combate directa o indirectamente originadas en el campo de batalla, que fueron del dominio exclusivo del soldado profesional del Japon pre-moderno. Son datadas, como se menciono anteriormente, desde aproximadamente el siglo XV al siglo XVII. Se diferencian de las formas de budo del siglo XX (mantengamos en mente que los apelativos de «bujutsu» y «budo» son extremadamente arbitrarios, mas por distinciones generales que por una definición exacta) de varias maneras.

Los bujutsu son:

–Diseñados para ser usados por una clase militar profesional (de la era feudal) mas que por la población general.

–Mucho menos influidos por el Budismo Zen que formas posteriores de budo. Los cimientos espirituales de un koryu tienden a ser los del mikkyo, una forma de Budismo esotérico.

–Invariablemente y sin excepción, organizados bajo el eje de un ryu, una institución feudal del Japón antiguo, con aspectos pedagógicos, políticos y culturales completamente diferentes de los métodos comerciales modernos.

–Obviamente, carentes por completo del elemento deportivo, las competiciones, o el sistema de grados de kyu/dan que son centrales para las formas de budo modernas.

Indudablemente, los koryu son atrayentes para la audiencia occidental. A riesgo de llevar mi analogía sobre los «pastos mas verdes» demasiado lejos, sin embargo, estas audiencias harían bien en recordar que el color del prado no es una indicación positiva de que la hierba sea comestible, alimenticia, o de que sea saludable para quienes la consuman. Varios occidentales han ido a Japón para investigar los koryu. Algunos han conseguido ser aceptados en un ryu clásico. Unos pocos los han practicado a un nivel tan intenso y prolongado que han conseguido un entendimiento completo de estas artes. A aun menos se les ha concedido permiso para enseñar una parte o el curriculum entero del ryu al que pertenecen. (Como veremos, este permiso es absolutamente crucial si el ryu ha de mantenerse viable; nadie comienza a enseñar un koryu sin el permiso explícito, a menudo escrito, de un profesor cualificado.)

Casi todos estos individuos siguieron la estela dejada a mediados de los sesenta en Japón por el ya fallecido Donn Draeger. Draeger, un antiguo oficial de los marines, tomó un interés teórico y práctico en las artes marciales practicadas en el Japón de la posguerra. Su actividad le llevo eventualmente a un koryu. La habilidad de Draeger sirvió no solo para impresionar lo bastante a varios expertos japoneses en un koryu como para que permitieran a extranjeros entrar en sus ryus, además, el mismo Draeger apoyó con entusiasmo la educación de muchos adeptos extranjeros jóvenes que vivieron y entrenaron en Japón durante los sesenta y los setenta.

Debemos mantener en mente que, y no de manera accidental, el número de practicantes occidentales de un koryu de los cuales estamos hablando, era durante esa época, y sigue siendo, minúsculo en comparación a los miles de extranjeros que estudian formas de budo modernas en Japón. Una estimación generosa de los no-japoneses que han obtenido una instrucción seria en un koryu sería de no mas de unas pocas docenas. Sus intereses y experiencias tienden a crear un cierto ambiente de exclusivismo. Se conocen entre si de una forma completamente ajena para las enormes y principalmente anónimas organizaciones relacionadas con el budo moderno. Esta consideración es importante, teniendo en cuenta que los representantes de un koryu que declaren ser legítimos pero que sean desconocidos para esta fraternidad de practicantes, serán vistos con considerable suspicacia por estos.

No hay más ciego que el que no quiere ver.

En contraposición a este grupo de practicantes extranjeros de koryu están aquellas personas interesadas en estas artes que han intentado involucrarse con el bujutsu de diferentes maneras. Hay muchas de estas personas. Hay, de hecho, las suficientes como para crear un gran mercado de artes marciales clásicas, y como con cualquier apetito, ha habido aquellos dispuestos para satisfacerlo, para presentar un producto. Como resultado, hay muchos, muchos individuos en occidente a los que se les ha hecho creer que están aprendiendo las técnicas de un koryu u otro. Están, con mas exactitud, siendo engañados para que lo crean. El fraude y el engaño relacionados con el bujutsu clásico se han vuelto un aspecto triste y censurable del panorama de las artes marciales en EEUU. No tan despreciable pero igualmente lamentable ha sido la cantidad de confusión y desinformación que ha caracterizado las percepciones occidentales de estas tradiciones marciales.

Los problemas encontrados por el aspirante a bugeisha, el practicante de un bujutsu, son variados. A un extremo del espectro, encontramos a aquellos estudiantes aprendiendo un sistema legítimo de combate de la era feudal, pero que lo hacen con un ‘maestro’ que carece del permiso de un maestro previo que le haya concedido una licencia para transmitir el sistema (También a este lado del espectro hay al menos un caso donde el maestro en realidad ha recibido un permiso oficial para enseñar mas por razones sentimentales o políticas que por su habilidad técnica, siendo, simplemente, incompetente como instructor.) Al otro extremo están aquellos charlatanes que han inventado sus propios sistemas, transmitiéndolos con linajes falsificados y otras pruebas falsas. Todos estos problemas comparten una fuente común, relacionada con algunos malentendidos fundamentales acerca de la naturaleza del bujutsu y los koryu, que han sustentado y alimentado estos problemas.

Los Koryu

El ryu en si es algo misterioso para el mundo moderno. Es una institución completamente feudal. Su historia es fascinante. Como con cualquier combate organizado, el tipo de penalidades enfrentadas en la batalla por el samurai del antiguo Japón requería de una cohesión virtualmente inviolable entre los guerreros individuales para crear una unidad efectiva, funcional. En no poca medida, el ryu servía para establecer esta conexión. Lealtad, identificación con el grupo, la voluntad para situar los objetivos del conjunto por encima de los propios (específicamente, el instinto de supervivencia); estas cualidades era tan cruciales para el mantenimiento y la supervivencia del ryu como la transmisión de la habilidad técnica. En consecuencia, el ryu puede ser entendido en términos de «familia» tanto como de escuela, o tradición distintiva.

Era y es muy distinto del las formas modernas de budo dojo comercial, en al menos tres aspectos importantes:

Uno: en el koryu no hay «campeones.» Una escuela de karate puede mostrar una o dos estrellas que brillan en las competiciones (y que a menudo usan a otros miembros de la escuela como poco mas que sparrings con los que entrenar). Pero el koryu es, acorde a lo demostrado en el campo de batalla, solo tan fuerte como el más débil de sus eslabones. Por tanto, hay un sentimiento de responsabilidad entre sus miembros respecto al desarrollo y aprendizaje de todos y cada uno.

En este sentido, los koryu no son tan egocéntricos como los budos modernos. Si el dojo de budo actual realmente quisiera hacer las cosas «al estilo samurai» como a menudo imaginan o publicitan, podrían empezar de esta manera: en el próximo torneo, cada competidor representante de la escuela debería dejar de lado todos sus trofeos a no ser que la mayoría de sus compañeros de dojo hayan ganado también sus combates. Después de todo, en el campo de batalla, donde el verdadero camino del samurai se ponía en practica, los logros individuales eran relativamente insignificantes a no ser que la mayor parte del grupo triunfara.

En segundo lugar, el ryu depende de un método pedagógico muy diferente del que se usa para enseñar judo, aikido o karate actualmente. El practicante de budo moderno sigue una forma de entrenamiento estandarizada. Es forzado a realizar numerosas concesiones para aprender en una clase numerosa. Con cuarenta o cincuenta estudiantes, pueden pasar meses antes de que el estudiante de karate o aikido, por ejemplo, pueda esperar cualquier tipo de atención individual por parte de su maestro. (Un conocido instructor de aikido americano, ha explicado claramente en varias entrevistas que no todas las personas que practican en su dojo son sus alumnos. Solo después de haber perseverado lo suficiente como para alcanzar un nivel técnico determinado les ha considerado auténticamente suyos).

El practicante de un koryu sigue una forma fija también en su entrenamiento, aprendiendo técnicas o katas de una forma vagamente prescrita. Pero su maestro, debido a la misma naturaleza del ryu, confina sus enseñanzas a un grupo reducido. Desde el principio de su enseñanza, el estudiante de un koryu recibe una instrucción muy individualizada. Un epigrama de un koryu lo explica de esta manera: «Diez estudiantes distintos, diez artes distintas.» El profesor se adapta al alumno.

A veces, en aquellos koryu en cuyo curriculum se ve envuelta más de una única arma, un estudiante puede empezar aprendiendo un arma mientras que a otro que empieza simultáneamente se le enseña otra distinta. Esta instrucción virtualmente personalizada implica que el sensei de un koryu puede tener en cuenta diferencias en el físico, temperamento y transfondo de sus estudiantes y enseñarles de acuerdo a estos rasgos. Todos acabaran por aprender las mismas cosas si continúan practicando. No las aprenderán, sin embargo, a la vez o de la misma manera. Esta enseñanza individualizada es casi imposible en un dojo de budo con docenas y docenas de miembros los cuales deberán, por cuestiones logísticas, aprender lo mismo al mismo tiempo.

Aun mas importante, sin embargo, es que el koryu individual existe como un grupo social propio. Es, como se ha dicho anteriormente, muy parecido a una familia. Esto implica una disponibilidad limitada hacia las personas ajenas, al igual que una familia tiene una flexibilidad limitada, si pretende mantenerse como unidad familiar, para aceptar la entrada de extraños.

Hay que considerar lo siguiente: aparte de haber nacido o ser adoptado dentro de una, para entrar en una familia solo es posible hacerlo mediante el matrimonio. Pensemos durante un momento cuan prolongado es este proceso. ¿Cuanto tiempo puede llevarle a un cónyuge o cuñado/a para estar plenamente integrado dentro de la familia? ¿Cuanto tiempo antes de que se aprenda todos los motes, historias familiares, aprenda en que armario se colocan los platos en su casa, o cual es la mejor manera de tratar al tío Henry cuando se emborracha y empieza a contar relatos descoloridos de sus visitas a los burdeles de Manila durante la guerra? Es un proceso largo, que no se puede apresurar. No hay atajos para ser absorbido dentro de la familia, formar parte de un grupo reducido así sin mas. Y la mayor parte de nosotros hemos tenido experiencias, en nuestras propias familias, de aquellos que desean entrar pero sencillamente no pueden. Debido a su personalidad o debido a la misma naturaleza de la familia, algunas personas nunca encajaran del todo. No se puede hacer un «seminario» para enseñar a estas personas lo que necesitan saber, o como han de comportarse para ser aceptados. No se puede forzar a alguien a encajar dentro de una familia si esto no se produce de forma natural.

Esta analogía es completamente válida para describir a un koryu típico. Su estructura les hace inapropiados para el acceso de un número extenso de gente ajena. Había una película de hace unos años, que quizás haya podido ver en televisión o video, llamada «The challenge». Contaba con Toshiro Mifune y el actor Scott Glenn, y contenía escenas de un entrenamiento en grupo de lo que se suponía era una escuela de koryu. Parejas de compañeros de práctica se situaban ordenadamente alineados en la película, y simultáneamente realizaban movimientos coreografiados. Esta puede ser la manera que alguien que no haya visitado nunca uno piense que se lleva un grupo de koryu.

Pero para aquellos que hayan visitado o entrenado en un koryu real, estas escenas les parecerán particularmente falsas. La instrucción en masa nunca ha sido un rasgo de estas artes y nunca lo podrá ser. Son necesarios años para instruir e impartir todas las técnicas, el conocimiento, y la historia de un koryu a un solo estudiante. Es una inversión considerable de tiempo, e implica mas una relación maestro-aprendiz, que la imagen del profesor al frente de la clase en el modelo educativo moderno. Es una relación extremadamente cercana, y la personalidad del sensei afectara, sin duda alguna, al carácter de sus estudiantes. Este vínculo solo puede desarrollarse apropiadamente por una interacción casi diaria entre ambos, tanto en el entrenamiento como en otras actividades.

Una vez que una persona tiene este conocimiento básico de la naturaleza de ‘familia’ de un koryu legítimo, y como la instrucción individualizada limita la participación masiva, puede ver cuan largo y cuan cercano es el proceso a inculcar a alguien dentro de un ryu, los método que tipifican a un ryu falso parecerán bastante inapropiados, como poco. ¿Puede entenderse pues el desden con el que se reciben anuncios de ‘seminarios’ abiertos a todos los que paguen una tarifa, que proponen la enseñanza de un arte marcial clásico?

¿Comercialismo de los Koryu?

Todo el asunto del comercialismo en el koryu es algo difícil de entender para nosotros en el siglo XX, con nuestras sociedades basadas en el mercantilismo. Cuando surge el tema, aquellos que declaran enseñar un sistema clásico a cambio de una remuneración invariablemente señalan un único episodio de la historia de las artes marciales para justificar sus acciones. Citan el caso de Ueshiba Morihei, fundador del aikido, que pago una suma especifica a cambio de ciertas técnicas particulares enseñadas por su a veces maestro, Takeda Sokaku, instructor de Daito-ryu. Esto resulta ser un non sequitor debido a que: a) Ueshiba ni siquiera había nacido hasta después del final del periodo feudal de Japon; b) Daito-ryu no se corresponde con un los estándares de un koryu de forma estricta, y c) Takeda Sokaku puede apenas ser considerado un maestro típico en la tradición de un koryu.

Históricamente, el pago por la instrucción en un koryu era mayormente un hecho histórico dudoso. El ryu habría sido financiado por un clan o un daimyo (jefe del clan) al que pertenecía su director (cabeza del ryu), que a su vez podría haber tenido otras labores administrativas que realizar en añadidura a sus responsabilidades de enseñanza de artes marciales. Otros maestros de bujutsu enseñaban bajo los auspicios de un templo Budista que servía como hogar espiritual de un ryu en particular. A día de hoy, casi nadie en Japón se gana la vida enseñando un koryu legítimo, se trata de una vocación. Las tarifas de entrenamiento de un dojo son mínimas, y se usan normalmente para el mantenimiento de las instalaciones de entrenamiento. Cualquiera que declare enseñar un bujutsu clásico y que cobre unas sumas desorbitadas debería ser sometido al mas cuidadoso escrutinio. De las crudamente, media docena de autoridades que conozco que instruyen algún tipo de sistema de koryu en los EEUU, ninguna cobra por sus enseñanzas u obtiene un beneficio económico.

El Koryu y su lugar en la sociedad Japonesa.

Otro aspecto histórico del koryu que causa malentendidos afecta a su lugar en la sociedad japonesa. Mas de un sucedáneo de «ryu clásico de artes marciales» que se vende en EEUU intenta explicar su linaje como un sistema «secreto» que escapo a la atención, deliberadamente o de manera inadvertida, de los investigadores que cuidadosamente han catalogado a los ryus marciales japoneses, existentes o extintos. Hace no mucho, se me envió una extremadamente entretenida colección de cartas entre un investigador de bujutsu en Japón y un estudiante de alto grado de un supuesto koryu practicado únicamente en los EEUU. El investigador preguntaba sobre la historia del ryu. El estudiante tenía toda clase de las mas ‘curiosas’ explicaciones para que su ryu no hubiera llamado la atención de cualquier investigador serio de artes marciales del mundo. El linaje del ryu había sido dejado fuera de este u otro libro por accidente, dijo al principio. El instructor jefe del ryu fue forzado a vivir anónimamente después de la segunda guerra mundial debido a las políticas anti- artes marciales durante la ocupación, dijo mas tarde. Siguió y siguió de esta manera y el investigador de manera tranquila y lógica, refutó cada uno de sus inventos.

Cierto, dijo, los libros han dejado fuera algún ryu accidentalmente. Pero resulta poco probable que cada diccionario de koryus japoneses deje fuera al mismo ryu debido al mismo error. ¿Y por qué otros maestros no se vieron forzados a vivir en la clandestinidad y ocultar su ryu? El intercambio terminó cuando el estudiante fue llevado a sugerir que toda la historia es subjetiva y que en ningún caso la historia de los distintos koryus es del todo fiable desde la perspectiva académica. Esta postura es bastante cercana, intelectualmente, a la de aquellos que insisten que el holocausto nunca ocurrió, y uno nunca sabe si continuar intentando razonar con ellos, o meramente apenarse por ellos y sus tristes delirios.

El «ryu secreto» es una historia conveniente para explicar la falta de documentación histórica externa o de pruebas que puedan ser verificadas independientemente. Pero la verdad es, que en los términos de un koryu, se trata de una historia que no tiene mucha credibilidad. Recordemos este hecho: El ryu marcial en el Japón feudal era una unidad política. El ryu existía para proteger los intereses de un clan o un daimyo. Un «ryu clandestino» habría sido tan viable y tan efectivo como un partido político clandestino en una democracia. ¿Es imaginable intentar persuadir a los votantes de que apoyen a un partido al tiempo que se oculta el hecho de que dicho partido existe? No. Tarde o temprano, para que el partido sea eficiente, su presencia ha de darse a conocer. Un ryu no era tan distinto en la era feudal (Aunque por supuesto, hoy puede serlo: muy, muy pocos japoneses son conscientes de la existencia del koryu) Ciertamente todos los ryus de bujutsu tienen sus secretos. ¿Pero un ryu secreto? No en Japón. Si no es exactamente secreto, otros impostores declaran, su ryu es sencillamente tan desconocido que ha sido pasado por alto por los numerosos expertos e historiadores en artes marciales. Se trata de una declaración interesante – No porque sea cierta; casi invariablemente no lo es – sino porque revela como una cultura (la nuestra, en este caso) puede mezclar su propia historia y costumbres sociales con la de otra (en esta instancia, la de Japón).

Contextos mal entendidos

Estados unidos es un país grande, muy grande. Siempre ha sido un país que permitía, en comparación al resto del mundo, una igualmente enorme libertad en la vida personal de sus ciudadanos. Daniel Boone no tuvo que consultar con ninguna autoridad o agencia gubernamental para abandonar Pennsylvania e ir a la lejana frontera de Kentucky. Se fue de la misma manera en la que uno puede irse de vacaciones un fin de semana. Ni nosotros ni el necesitamos permiso para viajar o decir a las autoridades a donde vamos y cuando se espera nuestro regreso.

Boone no relleno ningún formulario o llevo ningún tipo de documentación oficial consigo. Para la frustración de muchos genealogistas, el mantenimiento de tales registros es escaso. Si yo dijera que mis antepasados empezaron una tradición alfarera en la zona norte de Georgia y que yo sigo haciendo a día de hoy el mismo tipo de alfarería en mi casa de Oregón, habría muy pocas pruebas para disputar mi relato. ¿Como podría hacerse? Se podría preguntar si hay cualquier mención de la ocupación de mis antepasados como alfareros en la Georgia colonial en cualquier censo antiguo. Pero podría alegar que no, ya que vivían en los bosques de los Apalaches donde los encuestadores del censos nunca llegaron. Nunca se les obligo a «registrar» su oficio, ni tuvieron que tener ningún tipo de documentación para su posterior emigración a Oregón.

Resumiendo, mi relato es perfectamente creíble en el contexto de la historia y cultura americana. Un japonés declarando un tipo similar de pasado artístico, sin embargo, no podría falsificarlo desde el momento en que un grupo interesado comprobara registros voluminosos y extenso que son fácilmente disponibles de manera publica en Japón.

Japón es un país pequeño. Casi siempre ha sido sedentario a la hora de hablar de la población. Y debido al control de los daimyos sobre virtualmente el país entero, había registros de casi cada persona en los dominios de dichos líderes. Seria altamente posible, si yo fuera un japonés con raíces ancestrales en el arte de la alfarería, establecer el inventorio de la cerámica de mis predecesores para un año determinado, descubrir exactamente donde estaban situados sus hornos de cerámica, y sin duda descubrir si se habían mudado a otra parte del país; estos serían, en la mayor parte de los casos, hechos sencillos de descubrir. Habría anotaciones de éstos en registros locales y provinciales.

Esta situación es muy similar a la que se puede encontrar entre los practicantes de artes marciales en Japón. La información disponible para los investigadores y académicos de las artes marciales es asombrosa. Si hay cualquier problema para reconstruir la historia de los distintos koryus es que a menudo hay un exceso de información. Requiere paciencia el cohesionarla por entero. Escarbando un poco, no es solo posible descubrir los hechos básicos acerca de los miles de koryus que han existido, sino sus linajes, completos o casi, al igual que todo tipo de detalles cotidianos acerca de las vidas y actividades de antiguos maestros. Es posible que un koryu se haya colado a través de esta red tan estrecha y extensa de información. Pero si un estudiante potencial de una tradición tal esta considerando unirse a ella y estudiarla en EEUU, debe estar dispuesto a apostar por dos hechos improbables. Debe creer que el ryu ha pasado sin detectar por la estrecha red del escrutinio e investigación histórica. También debe creer que un americano fue capaz de entrar y aprender un sistema tan poco conocido, y que ahora tiene legitimidad para enseñar un ryu del que los japoneses ni siquiera han oído hablar.

No quiero exagerar la situación. Es posible que un arte haya crecido en la oscuridad, rodeado de unas tinieblas tan profundas que todos los demás practicantes de artes relacionadas se hayan mantenido desconocedores de su existencia. Y los registros de Japón se vieron sometidos a una guerra mundial que destruyo todo tipo de documentos. Pero resumamos todo el tema de los koryus secretos o extraños que se enseñan en EEUU. Los relatos que rodean a estos sistemas son sin duda atrayentes. Evocan escenas románticas y emocionantes de fortalezas montañosas pobladas por arrugados maestros que enseñan profundos y mortales misterios a sus leales acólitos. Miremos, sin embargo, a los hechos históricos. Un daimyo gobernaba sus tierras a través de los impuestos que sometía a sus súbditos. Se preocupaba constantemente por posibles insurrecciones o movimientos políticos clandestinos. ¿Parece plausible que no fuera consciente de tal clan de maestros ocultos viviendo en sus tierras, su propiedad, sin que pagaran impuestos?, ¿Les permitiría seguir practicando en secreto un arte marcial que podría, con toda seguridad, ser usado contra sus propios samuráis si permitiera que continuara?

Los daimyo normalmente ascendían al poder, y casi siempre se mantenían en el, mediante el control de las cosas. Las carreteras, los viaductos, la gente bajo su gobierno. Y no es como si existiera una lejana frontera a la que su autoridad no llegara. Los castigos eran estrictos y duros incluso para amenazas pequeñas para su mandato. No se los demás, pero yo tendría serias dudas acerca de las historias sobre ryus marciales «secretos» que pueden haber sobrevivido en estas condiciones.

Transmisión de un Koryu

La forma en la cual un koryu se mantiene y se transfiere, es aun otra fuente de malentendidos para los entusiastas occidentales de las disciplinas marciales japonesas clásicas. Los bujutsu de Japón comparten una estructura interna casi idéntica a la de aquellos ryu dedicados al arte del cuidado de las flores (ikebana), la ceremonia del te (chado), y otras artes del periodo feudal. La estructura se conoce como sistema iemoto. ¿Han pensado alguna vez sobre quien «posee» en realidad un arte marcial? Hay leyes de copyright que evitan el uso del nombre ‘Japan Karate Association’, cierto. Pero no se te puede castigar legalmente por enseñar todas las katas u otros métodos de la JKA, incluso aunque los hayas aprendido viendo videos y nunca hayas recibido el beneplácito de la JKA en absoluto. Lo mismo es cierto para las distintas escuelas de aikido o cualquier tipo de budo japonés.

Un ryu marcial clásico, sin embargo, fue de hecho poseído, en cierto sentido. Era la propiedad, literalmente, de su fundador y sus descendientes. El creador, o iemoto, designaba a su sucesor, que seria el siguiente director o ‘poseedor’ del sistema. La línea de sucesión era a menudo familiar, de padre a hijo mayor. En ocasiones la adopción podía haber sido necesaria para continuar con el linaje. Otros ryus fueron pasados a discípulos de confianza de fuera de la familia. El hecho principal de cara a entender el sistema iemoto, es que la responsabilidad, el privilegio de enseñar y transmitir un koryu fue y sigue siendo controlada estrechamente. Es completamente diferente de un budo moderno como el karate-do, donde cualquiera en cualquier momento es libre de empezar a enseñar.

Los diferentes koryus que existen hoy en día tienen posturas distintas sobre el tema de a quien le esta permitido enseñarlos. En la mayoría, una licencia de maestría no es necesariamente en si misma un permiso para enseñar. Para poder impartir una instrucción, se debe de buscar un permiso específico (o serle dado) por el actual director o líder del sistema. En otros, la designación de maestría es una declaración oficial de que el poseedor del titulo tiene un permiso de facto para impartir instrucción de el ryu. En algunos casos, a aquellos que hayan obtenido la maestría del ryu, se les dará un permiso
limitado para enseñar ciertos aspectos del curriculum, con el entendimiento de que los estudiantes de este maestro buscaran eventualmente la tutela del director (headmaster) u otro maestro mas veterano. (Este es precisamente el caso de un exponente de un koryu que es enseñado actualmente en los EEUU. El ‘maestro’ dejo Japón para perseguir una oportunidad de negocio. Careciía de una instrucción avanzada en el ryu, aunque deseaba continuar con su entrenamiento. El líder de el ryu le dio un permiso informal para enseñar algunos rudimentos del arte a un número limitado de estudiantes. Pero es importante reconocer que tal instrucción no puede considerarse el equivalente a ser miembro de un ryu ni aquellos que reciben estas enseñanzas tener ningún tipo de falsas concepciones respecto a su estatus en el sistema). El aspirante a practicante de un koryu debe hacer todo esfuerzo posible para aprender como se mantiene la jerarquía de enseñanza de un koryu en particular antes de empezar su asociación con este. Esto es vital si la enseñanza se imparte fuera de Japón. Si esta satisfecho al haber entendido el criterio de enseñanza y cree que su posible maestro lo cumple, debería sentirse confiado en comenzar el aprendizaje del arte bajo dicho tutelaje.

Un buen ejemplo es el de Katori Shinto-ryu. El mas antiguo de los koryus marciales practicados aun en Japón. El actual iemoto es Izasa Yasusada, un descendiente de la 20™ generación del fundador del ryu, Iizasa Choisai lenao. Su mala salud impide que el actual cabeza del ryu pueda seguir enseñándolo. Tal responsabilidad ha caído en los hombros del instructor jefe designado, Otake Risuke, que enseña en su dojo en Narita. La mayor parte de los lectores conocerán esto. Hay, sin embargo, al menos otras tres personas que enseñan actualmente el curriculum de Shinto-ryu. Estos tres maestros tienen varios grados de experiencia en el arte. Ciertamente todos ellos pueden probar que han estudiado Shinto-ryu. Ninguno de los tres, sin embargo, puede declarar o declara que se le haya otorgado permiso por parte del director del ryu para hacer lo que hacen.
Para algunos aspirantes, la experiencia de estos tres puede ser suficiente. Todos tienen estudiantes en los EEUU. Otros aspirantes, por el contrario, pueden declinar el practicar cualquier tipo de Shinto-ryu a no ser que sean aceptados por el linaje principal del ryu. Pero todos deben ser conocedores de los hechos y tomar sus decisiones consecuentemente.

Es el conocimiento de los hechos lo que es mas crucial para un potencial estudiante de un koryu. Necesita de los hechos para aprovechar la oportunidad (y es una extremadamente rara) para empezar a estudiar un koryu que pueda ser disponible en occidente. Mas probablemente, necesitara de los hechos para apartarse de los koryus fraudulentos, o de aquellos maestros que sinceramente crean estar impartiendo un auténtico sistema clásico de estrategia de combate cuando no es así. Aun mas importante, conocer los hechos que rodean al bujutsu es la mejor manera de ver a estos maravillosos artes antiguos no como a otros les gustaría verlos, de una manera romántica, sino como son en realidad.
Una razón por la que los koryus fraudulentos y los sucedáneos de ‘maestro’ han proliferado en occidente es una (a riesgo de sonar sexista) caballerosa renuncia a criticar de manera oral o escrita a otros en nombre de los miembros y las autoridades legítimas de un koryu. También ha habido una actitud de ‘cualquiera lo bastante tonto como para involucrarse con un koryu falso se merece lo que obtenga’. Sin duda parte de esta reticencia a hablar brota del obstinado, casi religioso fervor con el cual los adherentes de estos koryu fingidos los apoyan y defienden.

Mi propia experiencia en el trato con estos individuos ha sido ilustrativa. Al igual que la correspondencia que mencionaba anteriormente, entre el investigador de Japón y el estudiante avanzado de un falso ‘maestro’ en los Estados Unidos, frente a la aplastantemente objetiva evidencia que se les presenta para mostrarles que el sistema que están estudiando no tiene una realidad histórica, su respuesta, patéticamente, es a menudo ‘mi profesor dice que es así’. Llegados a este punto, el investigador debe de concluir en que esta tratando con una persona atrapada en un sistema de creencias. Los hechos no son tan importantes para estas personas como las imágenes, tanto las propias como las de sus profesores, que afirman una particular visión de las cosas.

Afortunadamente, no todos los individuos que entrenan en un koryu falso son tan dogmáticos. Algunos, a través de sus propios esfuerzos o aproximándose a los expertos con sus preguntas, acaban por descubrir que están siendo engañados. Una valerosa y refrescantemente honesta confesión apareció recientemente en una publicación de artes marciales. El escritor admitió haber caído en las redes de un de un deshonesto instructor de un koryu falso y que el había contribuido al problema mediante la creación de katas y otros aspectos del entrenamiento por su cuenta. A diferencia de otros que se aferran al falso ryu, este individuo, de acuerdo a lo que escribía, vino a darse cuenta de que nunca alcanzaría las metas que le habían llevado a la búsqueda del bujutsu en primer lugar si continuaba por ese camino. En mi opinión, esta persona ha dado un enorme paso adelante en su aproximación a las artes marciales clásicas y de cara a la maestría personal.

La intención de este artículo no es ridiculizar ni despreciar injustamente. Si el lector tiene la oportunidad de entrenar en un auténtico koryu en este país y siente la motivación de hacerlo, entonces debería hacerlo por todos los medios. (Como ya debe ser evidente, esta es una oportunidad de lo más improbable para la mayoría. Comente anteriormente que solo recuerdo media docena de expertos reales en un koryu viviendo en EEUU. Todos mantienen una perfil bajo. Algunos no tienen un solo estudiante en la actualidad, otros no tienen mas de tres o cuatro. Ninguno – y este es un punto crucial – ninguno de ellos es en lo mas mínimo evasivo respecto a su historial de entrenamiento o sus cualificaciones si se les pregunta. Cada uno de ellos puede dar las direcciones de sus maestros y el dojo en el que entrenaron en Japón y puede mostrar documentación y genealogías que pueden verificarse con facilidad en ese país).

Las disciplinas marciales clásicas japonesas son una rica fuente de valor físico, espiritual y social. Son un tesoro tan precioso como cualquier obra de arte. Si el aspirante a practicante no debe apresurase para acabar por entrar en un ryu de legitimidad cuestionable, tampoco debe adoptar una actitud de cinismo que le lleve a obviar la oportunidad de unirse a un koryu. (Me recuerda a la quizás principal autoridad en temas de koryu fuera de Japón, un académico, escritor, y auténtico maestro que supervisa a un pequeño grupo de alumnos de su arte en Hawaii. Le ha ocurrido en mas de una ocasión que un espectador de las sesiones de entrenamiento al aire libre ha preguntado sobre la posibilidad de unirse, solo para perder interés cuando se le explica que el maestro es de origen caucásico en lugar de japonés).

Para volver, si se me permite, en resumen, a la analogía de los verdes pastos. El bujutsu es una verde pradera para todos aquellos dispuestos y capaces de entrar en ella. Los que no puedan entrar pueden mostrar una verdadera apreciación y respeto por estas artes al evitar comprometerlas aceptando una imitación barata. Si se trata de un paisaje que solo puede admirarse en la distancia, aquellos que realmente admiren el bujutsu en occidente mostraran la naturaleza de su carácter haciendo exactamente eso.

Dave Lowry es un colaborador habitual de Furyu y otras publicaciones de artes marciales. Su ultimo libro es ‘Clouds in the West’, publicado por Lyons Perss; este ensayo aparece en el en formato revisado.
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